Desde chiquito me encanta la lencería. Paseaba por el barrio mirando los escaparates de mercerías y corseterías, hasta que muy avergonzado me atreví a comprar mis primeras braguitas. A escondidas me las ponía y me sentía bonita. Luego también medias... y ligueros, sujetadores, maquillaje, vestidos y tacones. Depilada y perfumada, disfrutaba el ritual de desenvolver mis regalos y vestirme como una señorita y excitarme sintiéndome una nena traviesa. Fantaseaba con ser el capricho de un hombretón dotado, que me mimaba y enseñaba a ser su chica complaciente y servicial. Que disponía de mí haciéndome su princesa putita.
Y la fantasía se ha convertido en el deseo de encontrar al hombretón que quiere una damita como yo.